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Año electoral: esta vez será diferente

13 Mayo 2019

La economía argentina viene evidenciando un mismo patrón desde 2011: crecimiento en los años electorales y recesión en los años pares. Sin embargo, 2019 romperá con esta tendencia y será el primer año electoral recesivo desde la crisis de 2009, y el primero también en el que el consumo privado llegue a octubre por debajo de sus niveles del año previo. Esta vez, la coyuntura difícilmente sea el eje de campaña del oficialismo, sino que se convertirá más bien en un obstáculo que deberá sortear en su camino hacia la reelección.

A fines del año pasado, el Gobierno esperaba que la actividad económica tocara su piso en el primer trimestre y que a partir de allí comenzara a mostrar una recuperación lenta pero sostenida, que le permitiera crecer en torno a 2,5% punta a punta. Si bien el promedio del año arrojaría una nueva caída por el arrastre negativo que dejó 2018, la economía llegaría a las elecciones en buena forma. Se esperaba que las aún elevadas tasas de interés y la estabilidad cambiaria permitieran seguir moderando gradualmente la inflación, lo que llevaría a una pronta recuperación del poder adquisitivo de jubilaciones y salarios, mientras que el repunte de la actividad iría de la mano de una mejora en el nivel de empleo.

En este escenario, las tasas de interés comenzarían a desacelerarse hacia fines del primer trimestre, motorizando el crédito. Con el consumo privado en remontada, la inversión viéndose beneficiada por el esperado desembarco de las PPPs en sectores claves como transporte y energía, un tipo de cambio en niveles competitivos que profundizaría la mejora de las cuentas externas y el salvavidas del FMI para demostrar solvencia fiscal y llevar tranquilidad a los mercados, el Gobierno podría enfrentar el año electoral con cierto aire y optimismo. Sin embargo, a cuatro meses de comenzado 2019 este escenario quedó resumido a solo un anhelo.

El mal dato de inflación de enero (al que luego se sumaron los de febrero y marzo) terminó con la estabilidad cambiaria que había comenzado en diciembre, la volatilidad intradiaria trepó a sus mayores niveles desde agosto pasado y las tasas de interés superaron el 70%. El riesgo país llegó a ubicarse por encima de los mil puntos básicos demorando decisiones y proyectos de inversión, mientras que el ajustado plan monetario y fiscal consensuado con el FMI limitó las herramientas para llevar adelante políticas expansivas. En este punto cabe preguntarnos: ¿cómo llegará la economía a octubre? ¿Qué tan distinto era el contexto económico en elecciones anteriores?

En primer lugar, la actividad económica va a llegar a octubre con dos registros trimestrales modestos: un crecimiento prácticamente nulo en el primer trimestre y apenas mejor en el segundo, apuntalado casi exclusivamente por la cosecha. Lejos quedarán las subas trimestrales registradas en los últimos tres años electorales con victorias oficialistas: en 2007 el PBI creció 2,4% y 2,2% en el primer y segundo trimestre respectivamente, en 2011 lo hizo 2,4% y 0,9%, y en las últimas elecciones legislativas 0,4% y 1,3%. El escenario esta vez es más bien parecido al de 2013, cuando se registró una caída de 0,1% en el primer trimestre y un alza de 0,7% en el segundo.

Más allá de la actividad económica general, un indicador (tal vez el principal) monitoreado muy de cerca en años electorales es el consumo privado. En efecto, es usual observar políticas fiscales o monetarias expansivas, planes de facilidades de pagos, préstamos a tasas subsidiadas, u otras políticas de ingreso para incentivar el consumo antes de las elecciones. Por ejemplo, en 2007, 2011 y 2015 el gasto primario a PBI se incrementó en 1,9, 3,2 y 1,7 puntos porcentuales, respectivamente. O bien, como reflejo de una política monetaria expansiva, en 2007 y 2015 el crédito al consumo creció 0,7 puntos del PBI.

Pero este año la política fiscal contractiva adoptada en el marco del acuerdo con el FMI llevará a que el gasto primario caiga en torno a 1,5 puntos del PBI, mientras que la tasa de interés de referencia seguramente se mantendrá por encima del 50% durante prácticamente todo el año y el crédito al consumo caerá en un año electoral por primera vez desde 2003 (1,5 puntos del PBI). Los salarios reales tampoco jugarán a favor del consumo privado: la fuerte aceleración de la inflación en lo que va del año retrasó su repunte mensual hasta el segundo semestre y recién comenzarán a registrar subas interanuales a fin de año. En promedio, los salarios reales caerán en torno a 7% en todo el año, bastante por encima de la caída de 0,5% de 2009, la última registrada en un año electoral.

Por el contrario, los salarios le ganaron ampliamente a la inflación en 2007, 2011, 2013, 2015 y 2017. Por otro lado, el tipo de cambio real, que suele apreciarse en años electorales incrementando el poder de compra en dólares de los consumidores, se mantendrá en septiembre en niveles similares a los de diciembre del año pasado. El escenario será muy diferente al de 2007, 2011 o 2015 (con tipo de cambio paralelo), cuando la apreciación real acumulada entre enero y septiembre de cada año alcanzó el 3,3%, 11,5% y 3,0%, respectivamente. En este contexto, se espera que el consumo llegue a octubre un 5% por debajo de sus niveles de un año atrás, mostrando también una gran debilidad en su trayectoria trimestral. La inversión tampoco llegará a octubre con el pie derecho.

La inestabilidad cambiaria y la disparada del riesgo país frenaron la mayoría de los nuevos proyectos (en particular, PPPs), por lo que la inversión privada también caerá en un año electoral (en torno a 8%) por primera vez desde 2009, cuando el riesgo país promedió unos 1.200 puntos básicos. En síntesis, la economía no va a jugar a favor del Gobierno en las próximas elecciones y por eso difícilmente tenga un lugar central en la campaña, como sí lo tuvo en elecciones pasadas. La coyuntura actual es más bien parecida a la de 2013, con algunos números acercándose incluso a los de 2009, años en los que la oposición ganó fuerza en el Congreso. El Gobierno deberá entonces hacer énfasis en la mejora de fundamentals, que son paradójicamente los cambios estructurales que no se ven a simple vista y constituyen los “cimientos” de la economía (mejora en las cuentas externas, avances hacia la consolidación fiscal, corrección de precios relativos, etc.) en lugar de apuntar a la coyuntura, o bien apelar a otros factores extraeconómicos para lograr convencer al electorado.

Por Lorena Giorgio